El despertar de los lienzos: La nueva memoria del MUNAL.
Cuentan que en el corazón de la ciudad, donde las pesadas piedras aún murmuran los pesares y las glorias de otros siglos, el Museo Nacional de Arte ha vuelto a abrir sus formidables puertas. No lo ha hecho como quien simplemente descorre un cerrojo al amanecer, sino con la hondura de un guardián viejo que, tras un largo silencio, decide que es tiempo de reacomodar la memoria. Así, el MUNAL despierta y revisa las entrañas de su colección permanente, buscando en sus lienzos una nueva lectura, un suspiro distinto para los ojos de quienes lo visitan.





Dicen los que caminan por sus largos pasillos que los cuadros ya no estarán dispuestos como antes. El próximo ocho de julio, el museo descorrerá el velo de la sala del siglo XX, revelando una museografía inédita. Es un esfuerzo por tejer una mirada más articulada, donde cada obra dialogue con su vecina en un murmullo de colores, formas y sombras. A esta nueva constelación de nostalgias se sumarán, como un hallazgo de otra época, piezas de reciente adquisición provenientes de la colección de Carlos Pellicer. Los tesoros que alguna vez resguardó el poeta encontrarán al fin su morada definitiva entre las paredes del recinto, fundiendo el verso con el trazo eterno.

Pero la resurrección del museo no se detiene en sus salas habituales. Como un espejismo que brota de la tierra misma, se erige una exposición paralela que retrata el alma agreste y mítica del país. A través de la mirada de ochenta artistas inmortales —fantasmas vivos de la talla de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Tina Modotti, Lola Cueto, Carlos Mérida y Mariana Yampolsky—, se despliegan cerca de ciento cincuenta obras. Es un viaje visual que narra cómo la construcción de paisajes, la hondura de nuestras tradiciones y los símbolos nacionales le otorgaron a México su lugar en el imaginario del mundo. Cada pincelada, cada fotografía, parece recordarnos que fuimos y somos un destino forjado a fuego y mito. Esta exhibición permanecerá allí, latiendo en las salas, hasta el catorce de febrero de 2027, como una promesa que se resiste a que el tiempo y el olvido la devoren.



Las puertas de este templo de la memoria se abren de martes a domingo, desde que el sol calienta a las diez de la mañana hasta que las sombras comienzan a alargarse a las seis de la tarde. Por noventa y cinco pesos, cualquier caminante puede adentrarse en sus laberintos de óleo y luz, aunque los domingos, como si se tratara de un acto de gracia concedido a la gente, la entrada es libre para todo aquel que quiera perderse en los confines del arte.
Así, el MUNAL no solo reabre sus puertas; respira, muta y nos invita a detener el reloj. Nos pide que entremos con el paso lento de quien sabe que, frente a un lienzo antiguo, el pasado nunca muere, sino que se transforma para contarnos una historia que creíamos conocer, pero que apenas empieza a revelarse.