Con Ebrard al frente de la mesa técnica y Sheinbaum marcando el rumbo político, resistió sin arrodillarse ante la potencia más poderosa del planeta.
Hay negociaciones que se ganan gritando y hay negociaciones que se ganan sin perder la cabeza. La que encabezó Marcelo Ebrard frente a Estados Unidos por el futuro del T-MEC pertenece a la segunda categoría, y ahí radica su mayor mérito.
Un escenario hostil desde el inicio. Donald Trump no llegó a esta revisión buscando consenso: llegó buscando presión. Lo dijo sin matices, que Estados Unidos “no necesita nada” de México ni de Canadá. Ese es el terreno donde Ebrard tuvo que operar: no una mesa de negociación entre iguales, sino un tablero diseñado para la intimidación económica. Y aun así, el secretario de Economía no cedió al chantaje ni cayó en la confrontación mediática que la Casa Blanca parecía provocar. Esa contención, en política exterior, no es debilidad: es estrategia.




El respaldo firme al proyecto de la Presidenta. Desde el primer momento, Ebrard actuó como lo que es: el brazo técnico de una política de Estado trazada por la Presidenta Claudia Sheinbaum, basada en soberanía, cabeza fría y defensa de los intereses nacionales sin romper puentes. No hubo ni un solo momento en que la delegación mexicana se desviara del mandato presidencial de dialogar sin subordinarse. Esa disciplina institucional —gobierno y cancillería económica hablando con una sola voz— fue, en sí misma, una victoria silenciosa frente a un adversario que busca fracturas para explotarlas.

Un trabajo titánico, no un golpe de suerte. Cuatro reuniones a lo largo del año, dos preparatorias y dos rondas formales, con una tercera ya agendada para julio: eso es método, no improvisación. Y el resultado, aunque no sea la extensión de 16 años que México pedía, tampoco es la ruptura que Washington insinuaba. El propio gobierno estadounidense reconoció públicamente que México “ha sido muy constructivo” y presentó propuestas concretas para atender el déficit comercial. Ese reconocimiento, viniendo de la contraparte que menos incentivos tiene para elogiar a México, vale más que cualquier discurso propio.
La calma como arma política. Cuando el mundo esperaba una escalada, Ebrard ofreció una frase que debería estudiarse en cualquier manual de negociación internacional: “No tenemos prisa, pero tampoco nos interesa que haya incertidumbre.” En una sola línea, desactivó la narrativa de pánico que convenía a Washington y afirmó que México negocia desde la firmeza, no desde el miedo. Descartó, además, cualquier riesgo real de que el tratado colapse, cerrando la puerta a la especulación alarmista que tanto daño le hace a la inversión.

Una batalla que continúa, no que terminó. Nadie debe leer este episodio como una victoria total ni como un capítulo cerrado. Pero sí como la prueba de que México, con Ebrard al frente de la mesa técnica y Sheinbaum marcando el rumbo político, resistió sin arrodillarse ante la potencia más poderosa del planeta. Eso, en el ajedrez del comercio internacional, ya es ganar tiempo. Y el tiempo, bien administrado, es lo que México necesitaba.
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