CRÓNICA POLÍTICA · MEMORIA
25 de julio de 2024. Las 5:48 de la tarde. El hombre que cargaba el alma de medio México en los bolsillos pisó suelo americano. Y con él, sin que nadie lo dijera en voz alta, comenzó el fin.
— Dos años y once meses después. Palacio Nacional guarda silencio. Pero los muertos hablan. —
Dicen que en Palacio Nacional hay corredores donde el aire no corre. Donde el polvo se asienta igual que hace cien años y los retratos de los hombres muertos te miran con una fijeza que incomoda. Esa tarde del 25 de julio de 2024, en alguno de esos corredores, alguien recibió una llamada. No dijo nada. Sólo palideció. Y el silencio que siguió duró lo que tarda una sentencia en hacerse real.
Bajó del avión sin esposas. Caminó despacio, como quien lleva el peso de muchos hombres encima. Ismael Zambada García, “El Mayo“, el último patriarca del Cártel de Sinaloa, el hombre que nunca pisó una cárcel porque nunca lo dejaron llegar, descendió a suelo norteamericano a las 5:48 de la tarde. A su lado, Joaquín Guzmán López, el hijo del ” El Chapo”, el que lo traicionó, el que lo entregó, el Judas del crimen organizado mexicano.
Nadie aplaudió. El cielo era azul en Nuevo México. Y en México, llego una noche fría y tenebrosa sin que nadie lo anunciara, comenzó el funeral.

I. El padrino que tejió un país.
Hay nombres que se dicen en voz baja. En las madrugadas, cuando ya no hay testigos. “El Mayo” era uno de esos nombres. No necesitaba gritar. Nunca lo hizo. Construyó su imperio con la misma paciencia con que la sierra crece: sin prisa, sin ruido, sin perdón.
Durante cuarenta años tejió su red. No sólo con sicarios y toneladas de polvo blanco. La tejió con apretones de manos en salones que no salen en los periódicos. Con sobres que cruzaban umbrales de despachos gubernamentales. Con miradas de entendimiento en lugares donde la ley no entra porque la ley misma lo impidió.
“El Mayo” no llevó a los políticos al poder. Los acompañó. Los esperó. Y cuando subieron, él ya estaba adentro.
Gobernadores. Senadores. Diputados. Alcaldes. Secretarios de estado. Nombres que hoy aparecen en boletines oficiales, en conferencias mañaneras, en listas de candidatos. Hombres y mujeres que llevan traje y corbata, que hablan de transformación y justicia, que duermen cada noche sabiendo que en New York hay un viejo que los conoce. Que los recuerda. Que tiene memoria de elefante y tiempo de sobra para usarla.

II. La noche que nadie quiere recordar.
Esa tarde en Palacio Nacional, dicen, nadie durmió bien. El presidente López Obrador había dicho siempre que en México, lo que pasa, lo sabe el Presidente. Entonces lo supo. Lo supo cuando el avión todavía estaba en el aire. Lo supo con horas de anticipación. Y si lo supo, la pregunta que México lleva tres años haciéndose en voz baja es otra: ¿y entonces?
Porque hay dos versiones de esa tarde. La que se cuenta en las conferencias de prensa — la del asombro, la del desconocimiento, la de la soberanía violada — y la que se cuchichea en los pasillos donde el aire no corre. La que dice que bajo la mesa donde la luz no entra, donde se pacta con el diablo, alguien autorizó ese juego. Alguien dijo que sí con el silencio. Alguien dejó abierta la puerta del hangar para que el viejo entrara al avión sin que nadie lo viera.
En ese pacto, como en todos los pactos con lo oscuro, el precio siempre se paga después.
No me mató el enemigo.
Me mató el que me cargó en hombros
hasta arriba.
III. La metástasis que nadie quiso ver.
El cáncer no duele cuando empieza. Eso lo saben los médicos y los políticos. Se instala despacio. Silencioso. Y cuando el cuerpo siente el dolor, ya el daño lleva meses hecho.
El 25 de julio de 2024 fue la primera célula enferma. El día que el proyecto de la Cuarta Transformación, sin saberlo o sin querer saberlo, firmó su propio diagnóstico terminal. Porque “El Mayo” no sólo era un capo. Era la memoria viva de cincuenta años de complicidad entre el poder formal y el poder real de México. Y esa memoria, ahora, está en manos de fiscales americanos que saben exactamente qué preguntas hacer.
Gobernadores que llevan meses con el sueño roto. Senadores que revisan su teléfono a las tres de la madrugada. Secretarios que se persignan aunque ya no crean en nada. Todos esperando. Todos escuchando. Todos temiendo el día en que “El Mayo” abra la boca en una sala de juicios en Nueva York y comience a nombrar nombres de hombres de la 4T.
Porque él sabe. Y lo que sabe “El Mayo” no cabe en un expediente. Cabe en la historia de este país.

IV. La sentencia que ya está firmada — y los que pagan con ella.
En la tradición mexicana, cuando la muerte llega por uno, nunca se va sola. Se lleva a los cercanos. Siempre hay alguien que acompaña al difunto. Un familiar, un compadre, alguien que cargó el ataúd y termina adentro.
“El Mayo” ya sabe su destino. Morirá en una celda americana, lejos del olor a tierra mojada de Sinaloa, lejos de la sierra que lo vio nacer, lejos de todo lo que fue. Eso ya está escrito. Lo que no está escrito todavía es si se va a ir solo.
Depende de él. De lo que diga. De lo que calle. De lo que entregue a cambio de que la muerte le llegue en paz y no en el horror de una condena sin fondo. Y los que lo saben — los que lo llevan adentro como una piedra en el estómago — están contando los días. Contando las audiencias. Leyendo cada comunicado del Departamento de Justicia como quien lee su propio horóscopo en la oscuridad.
Porque pactaron con lo oscuro. Le entraron al alma al diablo. Y eso, en este México de muertos que hablan y vivos que callan, siempre se paga. No se sabe cuándo. No se sabe cómo. Pero se paga.

V. Epílogo — Los ecos de Comala hechos de una realidad.
Juan Rulfo escribió que Pedro Páramo llenó de muertos el pueblo. Que los muertos siguieron hablando después. Que los vivos eran los que ya no hacían ruido.
Hay algo de Comala en este México de julio del 2026. En los pasillos de Palacio Nacional donde el aire no corre. En los despachos de senadores que esperan una llamada que no llega o que temen la que sí va a llegar. En los gobernadores que salen en foto sonriendo y regresan a casa a sentarse en la oscuridad con los ojos abiertos.
El 25 de julio de 2024, bajó la muerte del avión. No venía disfrazada. Venía con el rostro tranquilo de un viejo que sabe que tiene más cartas que todos los demás en la mesa.
Y esas cartas, tarde o temprano, se juegan.

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