El espejismo de la silla vacía.
Por: José R. Rodríguez Jiménez
OPINIÓN
Andrés Manuel López Obrador cometió el pecado más antiguo de los hombres de Estado: creer que su sombra sería eterna. Al abandonar Palacio Nacional, dejó tras de sí una telaraña de leales en el Senado, alfiles en la Cámara de Diputados y gobernadores convertidos en vigías. Su ilusión era gobernar a través del teléfono, convencido de que la nueva Presidenta sería una simple administradora de su legado. Pero en la política mexicana existe una maldición inevitable: el hechizo del poder absoluto se evapora en el instante exacto en que la banda presidencial abandona tu pecho. Sin ella, el patriarca se quedó sin fuerza.
Frente a la embestida de su propio partido, Claudia Sheinbaum eligió un arma letal: el silencio. Demostró ser una mujer fría, calculadora y profundamente estoica. Durante sus primeros días en el poder, los “duros” del lopezobradorismo la acorralaron. Figuras como Adán Augusto y Ricardo Monreal frenaban sus iniciativas, mientras el partido y sus gobernadores le daban la espalda en actos públicos, faltándole al respeto a la investidura.
Ella no reaccionó con las vísceras. Cumplió la regla de oro del ajedrez político: dejó que sus adversarios mostraran todas sus cartas y expusieran su soberbia. Resistió los castigos silenciosos de su padrino político, guardando su energía para el momento exacto de la ruptura.
El as bajo la manga y el amanecer del claudismo.
La Presidenta comprendió que no necesitaba rogarle lealtad al Congreso ni a los gobernadores heredados; solo necesitaba a un hombre de confianza. Ese hombre fue Omar García Harfuch. Con sigilo, el Secretario de Seguridad tejió un puente de plata con el gobierno de Estados Unidos, ganándose el respaldo absoluto de las agencias de inteligencia y de la administración de Donald J. Trump.
Sheinbaum sabía perfectamente cuál era la criptonita de la vieja guardia: sus oscuros nexos con el crimen organizado. El colapso del sinaloense Rubén Rocha Moya fue el golpe en la mesa que el país estaba esperando. Al dejar caer a las figuras intocables que Washington reclamaba, la Presidenta demostró que el verdadero poder ya no reside en Palenque. Hoy, blindada por la estrategia de Harfuch en México y el respaldo de la Casa Blanca, ha obligado a los mismos legisladores y gobernadores rebeldes a cuadrarse ante ella. El cordón umbilical se ha cortado para siempre; el lopezobradorismo ha muerto de pie para ver nacer, de forma implacable, al claudismo.
® La Palabra Política — La editorial de opinión. Las posiciones expresadas son análisis independiente del escritor José Rafael Rodríguez Jiménez.