Una nación que debilita las herramientas intelectuales de sus niños y jóvenes compromete su productividad, su innovación y su futuro.
Hay derrotas que se observan en una cancha, en una elección o en una economía. Y hay derrotas mucho más profundas, porque ocurren silenciosamente dentro de las aulas.
La educación mexicana enfrenta precisamente una de ellas.
Los resultados más recientes del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, PISA 2025, volvieron a colocar frente al espejo una realidad que México no puede esconder detrás de discursos políticos, reformas educativas o propaganda institucional: los estudiantes mexicanos siguen teniendo enormes dificultades para dominar conocimientos y habilidades fundamentales para desenvolverse en una sociedad cada vez más tecnológica, científica y competitiva.
Y esta vez el diagnóstico llega en un momento particularmente delicado.
El mundo está entrando en una nueva etapa marcada por la inteligencia artificial, la automatización, la robótica, la biotecnología, la economía digital, la transición energética y una competencia internacional basada cada vez más en conocimiento.
Mientras las naciones que aspiran a dominar el siglo XXI están formando científicos, ingenieros, programadores, investigadores, matemáticos y ciudadanos capaces de analizar grandes cantidades de información, México enfrenta una pregunta mucho más elemental:
¿Estamos enseñando correctamente a nuestros niños a leer, comprender, razonar, calcular y resolver problemas?
Los números obligan a detenerse.

PISA NO ES UNA OPINIÓN.
PISA es el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes de la OCDE. Evalúa a jóvenes de alrededor de 15 años y busca conocer no solamente cuánto recuerdan de lo aprendido, sino qué tan capaces son de utilizar sus conocimientos para resolver problemas de la vida real.
Evalúa principalmente tres grandes áreas: matemáticas, lectura y ciencias. En 2025 incorporó además la evaluación de resolución de problemas computacionales y el aprendizaje en el mundo digital.
Su importancia política es enorme.
PISA permite comparar sistemas educativos de distintos países y observar si los jóvenes están desarrollando las capacidades necesarias para incorporarse a la vida social, económica y productiva.
No pregunta únicamente si un estudiante memorizó una fórmula.
Pregunta, en esencia, si puede pensar con lo que sabe.
Y ahí está uno de los grandes problemas de México.

LAS CIFRAS NO MIENTEN.
Los resultados de PISA 2025 muestran que México obtuvo resultados inferiores al promedio de la OCDE en las tres áreas fundamentales.
En ciencias, solamente alrededor del 50% de los estudiantes mexicanos alcanzó el nivel 2 o superior, frente al 74% de promedio de la OCDE.
En matemáticas, apenas 30% alcanzó al menos el nivel 2, mientras que el promedio de la OCDE fue de 65%.
En lectura, aproximadamente 50% alcanzó el nivel 2 o superior, frente al 69% de la OCDE.
El dato matemático es particularmente preocupante.
El nivel 2 no representa una capacidad extraordinaria. Es un nivel básico de competencia. En matemáticas implica que el estudiante puede reconocer y representar matemáticamente situaciones relativamente sencillas, por ejemplo, comparar alternativas o convertir precios entre monedas.
Es decir, el problema no comienza cuando México pierde contra los mejores estudiantes de Asia. El problema comienza cuando una parte enorme de nuestros jóvenes ni siquiera alcanza el nivel básico que la OCDE considera necesario para desenvolverse en situaciones elementales.
Y todavía existe otro dato que debería provocar una discusión nacional.
En México, casi ningún estudiante alcanzó los niveles 5 o 6 de matemáticas, que corresponden a capacidades mucho más avanzadas para modelar situaciones complejas y seleccionar, comparar y evaluar estrategias de solución.
En ciencias ocurre algo similar: prácticamente no hay estudiantes mexicanos en los niveles superiores.
En lectura, también son casi inexistentes los estudiantes que alcanzan los niveles más altos de desempeño.
Esto significa que México tiene un problema doble:
muchos jóvenes no alcanzan las competencias básicas y muy pocos llegan a las competencias avanzadas.
Una nación así corre el riesgo de quedarse atrapada en medio de una economía mundial que exige cada vez más conocimiento.

EL PROBLEMA NO NACIÓ AYER.
Aquí es donde el análisis político debe alejarse de las consignas fáciles.
Sería incorrecto afirmar que todos los problemas de la educación mexicana comenzaron con Morena.
No es cierto.
El rezago educativo mexicano tiene décadas de historia. PISA demuestra que las dificultades estructurales en matemáticas, lectura y ciencias no son exclusivamente producto de un gobierno.
Pero también sería políticamente irresponsable utilizar esa explicación como excusa para no evaluar lo ocurrido durante los últimos años.
Un gobierno que prometió transformar México también debe responder por la transformación de su sistema educativo.
La Nueva Escuela Mexicana fue presentada por el gobierno de la Cuarta Transformación como un cambio profundo del modelo educativo. El Plan de Estudio 2022 comenzó a instrumentarse progresivamente y la SEP lo presentó como una propuesta humanista, científica, inclusiva y orientada al pensamiento crítico.
El problema es que una política educativa no debe evaluarse solamente por sus intenciones.
Debe evaluarse por sus resultados.
Y ahí aparece la pregunta incómoda:
¿Qué está aprendiendo realmente el estudiante mexicano?

EL DISCURSO CONTRA EL RESULTADO.
La SEP sostiene que la Nueva Escuela Mexicana busca fortalecer el pensamiento crítico, la lectura, la escritura, la ciencia, las artes y la formación integral.
Incluso el propio Plan de Estudio 2022 establece que la escuela pública debe promover pensamiento crítico, ciencia y conocimiento, y señala expresamente que debe mantenerse alejada del dogmatismo ideológico.
Por eso, el debate serio no debería consistir simplemente en acusar a la Nueva Escuela Mexicana de “adoctrinamiento”.
La discusión debe ser mucho más profunda:
¿El modelo educativo está logrando que los estudiantes aprendan mejor?
Porque si el currículo habla de pensamiento crítico pero un joven no comprende adecuadamente lo que lee; si habla de ciencia pero no puede interpretar evidencia; si habla de transformación social pero tiene dificultades para resolver problemas matemáticos básicos, existe una contradicción que merece ser examinada.
Una ideología, cualquiera que sea, no sustituye una operación matemática.
Un discurso político no reemplaza la comprensión lectora.
Una consigna no sustituye el método científico.
Y ningún proyecto de nación puede construirse sobre una generación que no tenga las herramientas intelectuales necesarias para construirlo.

EL RIESGO DEL ADOCTRINAMIENTO.
Existe además una discusión legítima sobre el contenido político e ideológico que puede entrar en las aulas.
La escuela pública debe formar ciudadanos.
Pero formar ciudadanos no significa formar militantes.
La educación debe enseñar al estudiante a cuestionar al poder, independientemente de quién lo ejerza.
Debe enseñarle a identificar una mentira, verificar una fuente, distinguir un hecho de una opinión, analizar una estadística, comprender un argumento y construir su propio criterio.
Ese debería ser el verdadero pensamiento crítico.
Y aquí aparece una paradoja.
La propia documentación oficial de la Nueva Escuela Mexicana habla de pensamiento crítico y de una educación ajena al dogmatismo ideológico.
Por eso, cualquier intento de convertir la escuela en un espacio de adoctrinamiento político sería contrario al espíritu democrático que debería tener la educación pública.
México no necesita niños que repitan lo que piensa el gobierno.
Necesita jóvenes capaces de cuestionar al gobierno, al empresario, al maestro, al periodista, al científico, al partido político y hasta a sus propias ideas.
Eso es pensamiento crítico.

CUBA NO ES EL EJEMPLO.
También conviene hacer una precisión.
Comparar automáticamente el sistema mexicano con el modelo educativo cubano puede resultar políticamente atractivo, pero analíticamente es insuficiente.
Cuba tiene una larga tradición educativa y mantiene indicadores de alfabetización que no pueden simplemente ignorarse. Pero también posee un sistema político distinto, con restricciones importantes al pluralismo y a las libertades políticas.
La lección que México debería tomar no es copiar a Cuba.
Ni copiar a Finlandia.
Ni copiar a China.
Ni copiar a Estados Unidos.
México necesita construir su propio sistema educativo, pero uno que combine alfabetización, matemáticas, ciencia, tecnología, pensamiento crítico, creatividad, disciplina intelectual y libertad.
Porque un niño mexicano debe aprender a leer antes de que alguien pretenda decirle qué debe pensar.
Debe aprender matemáticas antes de que alguien le explique cómo interpretar una estadística política.
Debe aprender ciencia antes de que alguien pretenda sustituir la evidencia por una creencia.
Y debe aprender historia para comprender el poder, no para convertirse en instrumento del poder.

El problema educativo mexicano adquiere una dimensión todavía mayor cuando se observa lo que está sucediendo en el mundo.
La inteligencia artificial está modificando profesiones enteras.
La automatización está transformando industrias.
La competencia internacional por talento científico y tecnológico se está acelerando.
La economía mundial está demandando personas capaces de aprender continuamente.
Y la OCDE acaba de advertir que la educación enfrenta una transformación profunda.
PISA 2025 evaluó por primera vez el aprendizaje en el mundo digital y la capacidad de resolver problemas computacionales.
La pregunta para México ya no es solamente si sus estudiantes pueden resolver una ecuación.
La pregunta es si podrán competir con jóvenes de países donde las matemáticas, la ciencia, la programación y la inteligencia artificial forman parte de una estrategia nacional de desarrollo.
El futuro ya no se está construyendo únicamente con petróleo, fábricas y mano de obra. Se está construyendo con cerebros.
Y ahí está el verdadero peligro.

Un adolescente que no comprende un texto tiene dificultades para aprender cualquier otra disciplina.
Uno que no domina las matemáticas tendrá problemas para avanzar hacia carreras científicas, tecnológicas, financieras o de ingeniería.
Uno que no sabe interpretar evidencia tendrá dificultades para distinguir información de desinformación.
Uno que no desarrolla pensamiento crítico puede convertirse fácilmente en consumidor de propaganda.
Y uno que no aprende a resolver problemas dependerá permanentemente de otros para encontrar soluciones.
Por eso, la crisis educativa también es una crisis de soberanía nacional.
Un país que no forma científicos dependerá de científicos extranjeros.
Un país que no desarrolla ingenieros dependerá de tecnología extranjera.
Un país que no forma programadores dependerá de plataformas extranjeras.
Un país que no desarrolla investigadores dependerá de conocimiento producido fuera de sus fronteras.
Y un país que no enseña a sus jóvenes a pensar terminará importando hasta las ideas con las que pretende construir su futuro.

EL COSTO SE PAGARÁ DESPUÉS.
La peor consecuencia de una mala política educativa no aparece inmediatamente.
No se observa en una conferencia de prensa.
No aparece en el presupuesto de un solo año.
No se ve en una elección.
Aparece diez, quince o veinte años después.
Aparece cuando una empresa busca ingenieros y no los encuentra.
Cuando un hospital necesita especialistas.
Cuando una industria requiere investigadores.
Cuando una nación intenta desarrollar tecnología propia.
Cuando una economía necesita trabajadores altamente calificados y descubre que generaciones enteras no recibieron las herramientas necesarias.
La factura de una educación deficiente siempre llega tarde.
Pero llega.
Y la pagan los jóvenes.
La pagan las familias.
La paga la productividad.
La paga la economía.
Y finalmente la paga el país.

México necesita dejar de discutir la educación solamente como una bandera política.
La educación debe ser una política de Estado.
Un proyecto que sobreviva a Morena, al PAN, al PRI, a cualquier partido y a cualquier presidente.
Porque los niños mexicanos no pertenecen a un gobierno.
Pertenecen al futuro de México.
La escuela debe garantizar conocimientos fundamentales: comprensión lectora, escritura, matemáticas, ciencias, historia, tecnología, pensamiento crítico, educación financiera y competencias digitales.
Debe enseñar también creatividad, comunicación, liderazgo, ética y capacidad para trabajar con inteligencia artificial.
Pero existe algo todavía más importante:
debe enseñar a pensar.
Pensar para cuestionar.
Pensar para crear.
Pensar para investigar.
Pensar para emprender.
Pensar para competir.
Pensar para gobernar.
Pensar para no ser gobernado mediante la ignorancia.
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