El mayor enemigo del partido hegemónico es su propio canibalismo.
En la política, el poder no se comparte, se arrebata. A medida que la dirigencia nacional de MORENA avanza en la designación de candidaturas para las gubernaturas, diputaciones y alcaldías que se renovarán en el próximo ciclo electoral, el espejismo de la cohesión partidista se desmorona de manera irremediable. Las heridas internas, lejos de cicatrizar, se abren con mayor profundidad, y los golpes por debajo de la mesa han pasado a ser declaraciones públicas de guerra. Hoy, la lucha dentro del partido hegemónico ha dejado de ser ideológica para convertirse en una encarnizada batalla por la supervivencia, las cuotas y el control absoluto.
La democracia falsaria y la traición a las bases.
Los fundadores y los perfiles leales al movimiento observan con frustración cómo las promesas de equidad se hacen pedazos. Las famosas encuestas internas, otrora defendidas como el instrumento supremo de la voluntad popular, hoy son denunciadas por los propios aspirantes y militantes como una herramienta manipulable, una democracia de fachada diseñada para justificar el “chanchuyo”.
Las reglas internas se quebrantan a la vista de todos, y los acuerdos pactados en privado se ignoran para abrir paso a los privilegiados de la cúpula. Los mismos actores políticos que conforman el movimiento declaran abiertamente que las candidaturas se están repartiendo entre amigos, cuates y familiares, marginando a quienes construyeron las bases del partido. El discurso de unidad y concordia que emana desde la dirigencia nacional es falaz; los reclamos y deserciones de los aspirantes marginados son la prueba fehaciente de que la unanimidad guinda es una ficción.

El choque de corrientes: Lopezobradorismo contra Claudismo.
La mística fundacional que Andrés Manuel López Obrador imprimió en MORENA ha quedado relegada al anecdotario. Lo que hoy impera es la ambición de poder por el poder mismo. Esta metamorfosis representa un riesgo mayúsculo no solo para el partido, sino para el gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, abriendo un nuevo y peligroso frente de batalla que amenaza la gobernabilidad institucional desde adentro.
La división entre el “lopezobradorismo” de la vieja guardia y el “claudismo” en el poder es una realidad visible y palpable que los discursos oficiales ya no logran ocultar. Las narrativas de continuidad chocan brutalmente contra los hechos cuando los bandos se disputan los territorios. Se ha iniciado la temporada de patadas, dimes, diretes y fuego amigo.

El canibalismo político frente a un electorado despierto.
El verdadero adversario de MORENA de cara a este nuevo proceso electoral no viste de tricolor, azul o naranja. El mayor enemigo del partido hegemónico es su propio canibalismo. Las cúpulas intentan disfrazar sus fracturas con discursos ensordecedores e hipnóticos, apelando al sentimentalismo de la “transformación”, pero la ciudadanía mexicana posee una inteligencia política que supera la propaganda oficial. El pueblo percibe el caos, evalúa la imposición y observa cómo la guerra sucia ahora se gesta dentro de casa.
MORENA entra a una nueva elección no para vencer a la oposición, sino para sobrevivir a sí mismo. ¿Consideras que esta guerra interna y la imposición de candidatos por dedazo disfrazado de encuesta terminarán por cobrarle la factura a MORENA en las urnas, o el peso de la marca presidencial será suficiente para tapar las fracturas? El debate es tuyo, te leemos.
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