Claudia Sheinbaum no heredó solo el poder. Heredó las deudas, los errores y los demonios de un sexenio que cada día revela una nueva grieta. La pregunta que nadie quiere hacer en voz alta: ¿puede gobernar libre quien carga con cadenas ajenas?
José R. Rodríguez Jiménez.
Análisis político por José Rodríguez Jiménez.
Gobernar México siempre ha sido difícil. Pero gobernar México cargando el peso de lo que dejó el gobierno anterior — cuando ese gobierno anterior es el tuyo — es algo para lo que ningún manual político tiene respuesta.
Claudia Sheinbaum Pardo llegó a la Presidencia con el mandato más amplio en la historia democrática del país. Más de 35 millones de votos. Un Congreso a favor. Una expectativa monumental. Y también, aunque nadie lo dijera en voz alta en aquella noche del 2 de junio de 2024, una herencia envenenada.
No por maldad. Por omisión, por exceso de lealtad, por años de construir un movimiento que mezcló lo genuino con lo conveniente, lo transformador con lo tolerante a la corrupción de sus propios cuadros. Andrés Manuel López Obrador dejó un México diferente. Pero también dejó cuentas pendientes que hoy le cobran la factura a su sucesora.

Los demonios que se llaman por su nombre.
Corrupción en los estados morenistas. Nepotismo documentado. Sobornos en distintos niveles de gobierno. Tráfico de influencias desde las cúpulas del movimiento. Gobernadores investigados. Secretarios cuestionados. Alcaldes señalados. La lista no es inventada — tiene nombres, expedientes, investigaciones periodísticas y carpetas en la FGR.
Los presuntos desvíos millonarios. Casos de nepotismo que salpican a funcionarios morenistas en varios estados. Estructuras de poder que durante el sexenio anterior aprendieron que la impunidad tenía techo bajo, y que ahora, bajo los reflectores de un gobierno que prometió diferente, comienzan a crujir.
Sheinbaum no construyó esos demonios. Pero sí heredó el territorio donde viven.



Y eso la obliga a pelear dos guerras al mismo tiempo: la que quiere dar hacia adelante — seguridad, economía, soberanía, bienestar — y la que le viene por la espalda, desde adentro de su propio movimiento, desde los errores que nadie quiso ver o corregir a tiempo.
La lealtad como virtud y como trampa.
Claudia Sheinbaum ha sido fiel. A su movimiento, a su historia, a quienes la acompañaron. No ha señalado al pasado. No ha deslindado con estridencia. No ha roto — al menos no públicamente — con la narrativa de que la Cuarta Transformación fue un periodo sin manchas.
Esa lealtad es comprensible. Es incluso admirable en su dimensión humana. Pero en política, defender lo indefendible tiene un costo. Cada vez que un escándalo de corrupción morenista llega a los medios y el gobierno federal guarda silencio o minimiza, una parte del capital político que Sheinbaum ganó con sus propios méritos se erosiona.
¿Puede una presidenta gobernar libre cuando las cadenas que la atan no las forjó ella, pero tampoco las ha roto?
La pregunta no tiene respuesta fácil. Romper con el pasado implica romper con parte de su base. Mantener la lealtad implica seguir arrastrando un peso que no le pertenece. Es la trampa perfecta de quien llega al poder de la mano de un movimiento — y no solo de votos.
Lo que el país necesita escuchar.
México no pide que Claudia Sheinbaum traicione su historia. Pide algo más difícil: que gobierne con la misma valentía con que enfrentó las batallas políticas, con la misma precisión con que manejó la pandemia en la CDMX, con esa inteligencia fría que la distingue de casi todos sus contemporáneos políticos.
Lo que el país necesita es que la primera presidenta de México deje de pelear la guerra de los fantasmas ajenos — y empiece a nombrarlos. No para destruir a su movimiento. Para salvarlo.
Porque si Claudia Sheinbaum llega al 2030 arrastrando las deudas de un sexenio que no fue el suyo, la historia no le preguntará por qué las heredó. Le preguntará por qué no las resolvió.

® La Palabra Política — La editorial de opinión. Las posiciones expresadas son análisis independiente del escritor José Rafael Rodríguez Jiménez.
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