En tiempos donde gobernar desde la oposición suele traducirse en obstrucción, Cuajimalpa demuestra que también puede traducirse en eficacia.
En medio de un país donde la política se resuelve a golpe de consigna, hay un alcalde que decidió tomar otro camino. Carlos Orvañanos Rea, al frente de Cuajimalpa de Morelos, ha construido algo poco común en la Ciudad de México actual: una oposición que gobierna, que entrega resultados y que no necesita del pleito permanente para justificar su existencia
Los números respaldan el discurso. Ante el Congreso capitalino, Orvañanos presentó una reducción histórica del 42% en delitos de alto impacto, al pasar de 66 casos en 2025 a 53 en lo que va de 2026, además de la erradicación total de los robos a repartidores. Cuajimalpa es, hoy, la única alcaldía de la capital con un convenio activo con Transparencia Mexicana, una herramienta que permite a cualquier vecino consultar en tiempo real el destino de los recursos públicos. No es propaganda: es rendición de cuentas verificable.




A esto se suman 53 millones de pesos invertidos en obra hidráulica, urbana y social, 41.4 millones destinados a repavimentación, y 15 millones más en la recuperación de espacios públicos. Y en el Mundial 2026, el Safebús —un sistema de transporte que recorrerá Vasco de Quiroga y Santa Fe con capacidad para mover a más de 20 mil personas— será una realidad antes de que ruede el primer balón.
Pero lo verdaderamente interesante de Orvañanos no está solo en los reportes de gestión, sino en su manera de entender el poder. Formado en Economía por la UNAM y en Derecho por la Escuela Libre de Derecho, con paso por la Presidencia de la República y por el gobierno de Quintana Roo, Orvañanos representa a un político técnico, disciplinado, que entendió algo que muchos de sus pares no han comprendido: la confrontación permanente desgasta, pero no construye.



En una Ciudad de México donde Morena gobierna prácticamente cada institución, cada recurso y cada espacio de decisión, Cuajimalpa es una de las cinco alcaldías —junto con Benito Juárez, Miguel Hidalgo, Cuauhtémoc y Coyoacán— que el partido guinda no pudo conquistar. Y en lugar de convertir esa trinchera en campo de batalla permanente contra el gobierno de Clara Brugada, Orvañanos eligió tender puentes. No ha renunciado a su identidad panista ni a su visión de derecha, pero tampoco ha caído en la tentación fácil de desprestigiar al gobierno central para ganar reflectores. Su apuesta ha sido la coordinación, incluso con alcaldías vecinas gobernadas por otros colores, como Álvaro Obregón, para resolver conflictos territoriales compartidos.
Esa fórmula, hasta ahora, le ha dado resultados: una aprobación ciudadana del 61.3% en abril de 2026, cifra que pocos alcaldes de oposición pueden presumir en el México actual.
Orvañanos no está exento de señalamientos —la falta de mujeres en su gabinete y episodios de indisciplina interna han sido motivo de crítica legislativa—, pero su manejo de esas crisis, con destituciones inmediatas y mensajes públicos de cero tolerancia, ha reforzado más que debilitado su imagen de autoridad firme.

En tiempos donde gobernar desde la oposición suele traducirse en obstrucción, Cuajimalpa demuestra que también puede traducirse en eficacia. Esa es, quizá, la lección política más valiosa que Carlos Orvañanos le está dejando a la Ciudad de México.
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