“Estamos en las mejores condiciones para viajar a Guadalajara. Somos la mejor sede mundialista.”
Alcaldesa Verónica Delgadillo García
Cuando la FIFA eligió a Guadalajara como una de las tres sedes mexicanas del Mundial 2026, la pregunta no era si la ciudad tenía la pasión futbolera —eso nunca estuvo en duda—, sino si tenía la capacidad institucional para recibir al mundo sin perder el control. Hoy, con el torneo en marcha, la respuesta la ha dado la propia presidenta municipal, Verónica Delgadillo García.
Desde meses antes del arranque, el gobierno tapatío activó mesas de trabajo permanentes con los tres órdenes de gobierno para construir una estrategia de seguridad integral. No fue improvisación: fue planeación. El resultado se ve hoy en las calles, donde más de 17 mil elementos de corporaciones municipales, estatales y federales —Guardia Nacional, Ejército, Policía del Estado, Policía Metropolitana, Protección Civil y Cruz Roja— trabajan de forma coordinada durante los 39 días que dura la justa mundialista.




El corazón tecnológico de esa operación es el C5 de Guadalajara, instalado en Los Arcos de Vallarta, desde donde Delgadillo ha supervisado personalmente, en tiempo real, cada jornada de partidos y festejos. Ahí convergen las cámaras de videovigilancia, el monitoreo del Centro Histórico, La Minerva, el Parque San Jacinto y el FIFA Fan Festival, además del llamado Nido de Drones, que amplía la capacidad de vigilancia sobre los puntos de mayor concentración. Cuando México avanzó a octavos de final, ese operativo movilizó a más de cuatro mil elementos en una sola jornada, sin que se registraran incidentes mayores.
Pero la apuesta de Guadalajara no se limitó a la seguridad. La ciudad es, de las 16 sedes del Mundial, la única que mantendrá abierto su FIFA Fan Festival durante los 39 días completos del torneo, una decisión que habla de la confianza de la alcaldesa en su propia infraestructura. A la par, se reforzaron los servicios públicos: se instalaron decenas de islas de contenedores en el Centro Histórico y La Minerva para mantener limpios los espacios tras cada celebración masiva, y se ejecutaron obras de movilidad y rehabilitación urbana en distintas colonias, todo bajo la lógica de que una ciudad mundialista se construye también en lo cotidiano, no solo en los reflectores.

Ha habido, también, momentos de tensión. La alerta de viaje de nivel 3 emitida por Estados Unidos generó ruido días antes del inicio del torneo, y Delgadillo respondió sin titubeos: “Estamos en las mejores condiciones para viajar a Guadalajara. Somos la mejor sede mundialista.” Organizaciones de derechos humanos también han señalado riesgos de represión hacia colectivos y población vulnerable durante los operativos, un tema que exige vigilancia ciudadana constante y que no debe minimizarse solo porque el marcador de la seguridad general sea favorable.

Aun así, lo que Guadalajara ha demostrado en estas semanas es que gobernar un evento de talla mundial no es cuestión de improvisar banderas y confeti, sino de sumar tecnología, coordinación interinstitucional y una alcaldesa dispuesta a supervisar personalmente cada detalle desde el centro de mando. Delgadillo ha convertido a la ciudad en anfitriona de mexicanos y extranjeros por igual, con un mensaje claro: la fiesta y el orden no están peleados, y una capital regional puede plantarse, sin complejos, a la altura de cualquier sede mundial.
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