OPINIÓN
Por: José R. Rodríguez Jiménez
En el ejercicio del poder político, la percepción ciudadana y la contundencia de los hechos terminan por aplastar cualquier estrategia de comunicación. Hoy, la administración de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo enfrenta un fenómeno devastador que amenaza con paralizar su sexenio: un eclipse total de su agenda gubernamental. Sus acciones diarias carecen de eco, sus discursos suenan débiles frente al estruendo de la realidad y sus proyectos se desdibujan por falta de fuerza. Cada intento genuino por proyectar un logro o una buena acción de gobierno es inmediatamente tragado por la sombra gigantesca y asfixiante de la narcopolítica.
No se trata de una campaña de desprestigio orquestada por adversarios imaginarios, sino de la cruda exposición de un país en crisis. A nivel nacional e internacional, la marca México vende, y vende por las razones equivocadas. La narcopolítica mexicana se ha convertido en un trending topic global. Las redes sociales, los medios de comunicación y las agencias de inteligencia extranjeras centran sus reflectores en el escandaloso entramado de complicidades entre el poder público y los cárteles.
Frente a esta avalancha de información que exhibe la fragilidad institucional, la narrativa presidencial se diluye. El gobierno de Sheinbaum carece de empuje, brío y autoridad moral para desviar la atención hacia sus obras o programas sociales. La estridencia de las balaceras, las ejecuciones y los escándalos de políticos coludidos con el crimen organizado tienen mucho más peso e impacto que cualquier anuncio emitido desde el atril de Palacio Nacional.
La raíz de esta profunda debilidad institucional no nació el primero de octubre. La Presidenta se encuentra atrapada en una jaula que ella no construyó, prisionera de una herencia envenenada dejada por su antecesor, Andrés Manuel López Obrador. Fue el gobierno pasado el que, bajo el manto de la omisión y la permisividad, permitió que el Estado cediera territorios enteros y que la cúpula de MORENA acobijara a perfiles que crecieron al amparo de las estructuras criminales.
López Obrador le entregó las llaves de un narcoestado funcional. La política de apaciguamiento y los pactos inconfesables del sexenio anterior crearon un monstruo que hoy devora la legitimidad de la nueva administración. Ese pasado reciente es la mancha imborrable que ensucia y condiciona el presente gobierno.
Es imposible edificar un proyecto de nación sólido sobre cimientos podridos. Sheinbaum Pardo no puede ejercer un liderazgo fuerte porque combatir la narcopolítica significaría desmantelar la misma estructura partidista que la llevó al poder y traicionar el legado de su padre político. Su administración está condenada a la debilidad operativa mientras siga arrastrando los lastres del obradorismo. Hoy, la narcopolítica tiene más fuerza, influencia y capacidad de dictar la agenda nacional que la propia Jefa del Estado.
® La Palabra Política — La editorial de opinión. Las posiciones expresadas son análisis independiente del escritor José Rafael Rodríguez Jiménez.
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