En los rincones de Naupan, enclavados en la neblina perpetua de la sierra norte de Puebla, el tiempo parece transcurrir al ritmo pausado de un telar. Allí, donde las mujeres indígenas resguardan la memoria de sus muertos y los colores de la tierra entre hilos entrelazados, irrumpió el estruendo de la maquinaria global. A las puertas de la Copa del Mundo 2026, la transnacional alemana Adidas decidió que la armadura de la Selección Mexicana necesitaba barnizarse de “autenticidad”. Pero en las lógicas del mercado contemporáneo, lo auténtico es apenas una ilusión óptica, y la tradición, un simple eslogan de aparador para multiplicar fortunas.





La campaña fue lanzada con ese romanticismo plástico que domina nuestros días: “Tradición en cada puntada. Orgullo en cada hilo”. En las relucientes vitrinas de Nueva York, Los Ángeles y la Ciudad de México, la camiseta conmemorativa se exhibe como un trofeo inmaculado de la mexicanidad. Sin embargo, bajo el relumbrón del marketing y la participación de intermediarios como la marca Someone Somewhere, subyace una historia de asfixia y despojo. Las artesanas que dieron vida a esta narrativa corporativa, trabajando extenuantes jornadas, tejieron esta indumentaria por una paga de miseria: treinta y seis pesos la hora. Un espejismo de progreso que, como un eco de los tiempos de las haciendas, vino acompañado de promesas vacías sobre beneficios que jamás se materializaron.

Estamos frente a la perpetuación de un colonialismo que ya no requiere ejércitos, pues le bastan los contratos. Se extrae el talento y se exprime la necesidad de una comunidad históricamente olvidada para engordar los bolsillos de un gigante corporativo. La paradoja resulta insultante: hoy, México se ha consolidado como la mina de oro absoluta para Adidas, superando en rentabilidad y volumen de ventas a potencias históricas como Alemania y España. Mientras la marca de las tres franjas factura millones de dólares gracias al fervor incondicional de los aficionados, a las manos que bordan el “orgullo nacional” se les arrojan las sobras del festín.
El agravio, no obstante, trasciende lo económico y lacera el alma cultural de la sierra. El águila plasmada en esas codiciadas prendas no pertenece a la milenaria cosmogonía de Naupan. Fue un injerto gráfico, un símbolo foráneo impuesto por algún diseñador a miles de kilómetros de distancia, con la única finalidad de empaquetar un exotismo fácil de consumir. Utilizaron el nombre de un pueblo para lavar culpas y vender inclusión, mientras mutilaban sus verdaderos códigos visuales. Es, en su expresión más cruda, un plagio disfrazado de filantropía.



En este páramo de asimetrías, el aparato de Estado figura como un fantasma inoperante. Las leyes diseñadas para resguardar el patrimonio indígena se estrellan contra los muros inexpugnables de los acuerdos comerciales privados. Al final de la jornada, la camiseta que millones vestirán con un grito ahogado en la garganta durante la justa mundialista no lleva bordado el honor patrio. Está tejida con la hebra invisible de la explotación, confirmando que, para los dueños del juego, la identidad de nuestros pueblos es apenas un hilo barato que se puede romper cuando ya no sirve.
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