Por: José R. Rodríguez Jiménez
Los fantasmas, por más profundo que se les entierre, siempre encuentran la forma de salir a la luz. Hoy, las sombras más oscuras de MORENA han comenzado a desbordar las grietas del discurso oficial. La infiltración del narcotráfico, el lavado de dinero y la utilización de las instituciones federales como escudos de impunidad son realidades que el aparato de Estado ya no puede maquillar. Alcaldes, diputados, senadores y gobernadores que escalaron al poder bajo el padrinazgo del crimen organizado han configurado la dolorosa radiografía de un narcoestado. La verdad, inexorable, los ha alcanzado.
Sin embargo, en este escenario de descomposición absoluta, el análisis político riguroso exige separar las responsabilidades. La actual Presidenta de México no engendró a este monstruo. Ella no estructuró los pactos inconfesables ni forjó las alianzas con el lado oscuro que hoy asfixian a las instituciones y atraen la furia de los Estados Unidos. Es un error culparla de la profunda podredumbre que le dejaron sembrada. Recibió una herencia envenenada de la cual no es autora; hoy, simplemente navega en un pantano que ella no inundó, sin proteger ni solapar a los culpables.

Frente a esta realidad, su margen de maniobra es prácticamente nulo. Iniciar una cruzada directa para combatir lo heredado significaría dinamitar su propio gobierno y desatar una guerra civil dentro de su partido. Por ello, la estrategia que se perfila desde Palacio Nacional obedece a un pragmatismo quirúrgico de supervivencia: la limpieza profunda de la casa se hará, pero el brazo ejecutor no operará desde la Ciudad de México.
El trabajo de demolición ha sido estratégicamente cedido. Con Donald J. Trump y la maquinaria de Washington ejerciendo presión, la purga operará desde el norte. A través de acuerdos cautelosos, la Presidenta permite que Estados Unidos asuma el desgaste de desmantelar las redes criminales incrustadas en la política. De esta manera, el gobierno mexicano avanza en la limpieza gradual sin que la mandataria meta las manos, evitando ganarse la enemistad abierta de los capos políticos de su partido y, lo más crítico, sin una ruptura que incomode al líder histórico en Palenque.
El verdadero desafío de la Presidenta no proviene de las políticas de la Casa Blanca. Su mayor peligro respira a su lado, en los pasillos del poder nacional. Su labor prioritaria hoy es blindar su gobierno del “fuego amigo”, de esos narcopolíticos y falsos aliados que desde su etapa como candidata han intentado dinamitar su camino. Estas facciones la repudian y buscan derrocarla por una simple razón: ella no pertenece al ecosistema del crimen organizado y su presencia representa un obstáculo mayúsculo para quienes buscan perpetuar el narcogobierno.
El reloj de la depuración ya está en marcha. Mientras desde el extranjero se ejecuta el desmantelamiento de los demonios heredados, la Presidenta resiste en la trinchera más compleja: gobernar rodeada de adversarios internos, esperando que la tormenta que viene del norte limpie, por fin, la casa que le entregaron en ruinas.
® La Palabra Política — La editorial de opinión. Las posiciones expresadas son análisis independiente del escritor José Rafael Rodríguez Jiménez.
Una herencia marcada de errores que le hace sombra a la Presidenta de México.