Análisis Político.
Por: José R. Rodríguez Jiménez
Claudia Sheinbaum no es la culpable del incendio originado en el pasado, pero a partir de hoy, sí es la responsable de apagarlo.
En el implacable tablero de la política mexicana, es sumamente fácil caer en el diagnóstico simplista. Hoy, ante una realidad nacional que cruje por la inseguridad, la economía y la presión internacional, el dedo acusador apunta de inmediato hacia la banda presidencial. Sin embargo, un análisis honesto obliga a poner las cartas sobre la mesa: la culpa de los demonios que hoy asfixian a Palacio Nacional no es de Claudia Sheinbaum Pardo. Ella no pactó con las sombras, ella no negoció con el crimen organizado, ella no eligió a los gobernadores bajo sospecha, ni colocó a los coordinadores que hoy operan en el Senado y en San Lázaro.
A ella le heredaron un guion ya escrito, un país en llamas y un ecosistema político diseñado no para fortalecerla, sino para vigilarla.
La realidad que enfrenta la Presidenta es inédita. Tomó las riendas de una nación en colusión y desorden, pero con una peculiaridad: la estructura del Estado que opera bajo sus pies fue sembrada con alfiles cuya lealtad primera le pertenece al lopezobradorismo y no a quien hoy porta el mandato constitucional.
Esta “herencia maldita” no fue un regalo de buena fe; fue un candado político. Los cuadros de la Cuarta Transformación en las gubernaturas y en el Congreso fueron colocados para blindar el pasado, para asegurar que no se moviera ni un ápice del poder político del antecesor. El drama de Sheinbaum es el de una mandataria que debe gobernar con un ejército ajeno, conteniendo los escándalos de corrupción y narcopolítica de personajes que ella jamás habría subido al barco.
A pesar del asedio, el juego no ha terminado. Quienes pretendían ver en ella a una figura ornamental se equivocaron. El tiempo, ese juez silencioso, empieza a jugar a su favor. Poco a poco, con una disciplina quirúrgica, la Presidenta ha comenzado a limpiar el camino. El relevo generacional y la consolidación de su propio equipo —los leales a su causa, su grupo técnico y su visión— están comenzando a tomar forma.
Este es el nacimiento real del “Claudismo”, una vertiente que por pura supervivencia biológica y política tendrá que terminar extinguiendo al lopezobradorismo radical. Curiosamente, este proceso de purga interna encuentra un catalizador externo e inesperado: la embestida del gobierno de Donald Trump, cuya presión contra la narcopolítica mexicana está obligando a Palacio Nacional a soltar las manos de los cuadros más oscuros del sexenio pasado. Trump, buscando sus propios intereses, está acelerando el exorcismo que Sheinbaum necesita.
Claudia Sheinbaum no es la culpable del incendio originado en el pasado, pero a partir de hoy, sí es la responsable de apagarlo. La narrativa de la “herencia recibida” tiene una fecha de caducidad muy corta ante los ojos de la ciudadanía y de los mercados internacionales.
Solo hay que darle tiempo al tiempo. La Presidenta de México está ante la oportunidad histórica de tomar el control total de las riendas del gobierno, sacudirse los fantasmas y gobernar con luz propia. El dilema es binario y brutal: o consolida el “Claudismo” barriendo con los demonios del sexenio anterior, o ella misma terminará siendo exorcizada por los vientos del norte que hoy soplan desde Washington, con una fuerza capaz de arrastrar a cualquiera que insista en proteger el pasado.
® La Palabra Política — La editorial de opinión. Las posiciones expresadas son análisis independiente del escritor José Rafael Rodríguez Jiménez.
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