En los silenciosos pasillos de nuestras dependencias, donde el eco de la burocracia se mezcla con el zumbido de servidores cansados, el tiempo parece haberse detenido. Mientras el mundo exterior devora el futuro a pasos de gigante, el Gobierno de México avanza en el inabarcable territorio tecnológico con tristes y pequeños pasos de gnomo. Las entrañas del Estado siguen operando con el aliento de programas arcaicos, sostenidas por un software obsoleto que cruje como maquinaria oxidada olvidada a la intemperie.
Es una tragedia que se cuenta en miles de millones de dólares al año. Las arcas nacionales se desangran pagando certificaciones interminables, un tributo silencioso que no genera un solo fruto para los estándares que hoy, con desesperada urgencia, requiere nuestro país para salvaguardar su seguridad y encender su productividad.





Los Mercaderes del Humo y el Oro Mexicano.
Desde más allá de nuestras fronteras, como en los viejos tiempos donde se intercambiaban espejos por oro, desfilan los mercaderes de la modernidad. Empresas creadoras de software venidas de Estados Unidos, Alemania, Israel y la India despliegan ante los ojos del gobierno instrumentos que parecen increíbles en el papel, pero que en la aridez de nuestras instituciones son incapaces de maximizar sus estándares.
Le venden al Estado mexicano proyectos inservibles, ilusiones empaquetadas en código que no aquejan el problema de raíz, que no curan la herida. Se pagan billones de dólares por productos que son pólvora mojada; herramientas vacías que no aportan un ápice al verdadero desarrollo institucional de México. Hoy, nuestra tierra yace en un doloroso rezago: aislados en conectividad, estancados en productividad y desprovistos de un verdadero blindaje que proteja los cimientos de la nación.

El Alquimista en el Callejón sin Salida.
En medio de este laberinto de cables muertos camina José Antonio Peña Merino, Titular de la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones. Sobre sus hombros descansa la titánica encomienda de construir, desde las ruinas, programas ad hoc que calcen con la visión y las características que exige la Presidenta de México.
Pero, como un alquimista que ha perdido el pergamino maestro, Peña Merino aún no encuentra la fórmula. Se encuentra atrapado en el purgatorio de la prueba, del ensayo y el error; intentando obligar a que funcionen los artificios que proveedores extranjeros le arrojan sobre la mesa. Y la amarga verdad que susurra en los pasillos es que no les ha funcionado.



El gobierno sigue arrojando puñados de dinero al viento, transitando a ciegas por un callejón sin salida. La tragedia persiste, inamovible, porque aún no han sido capaces de avistar el espectro correcto ni de empuñar la herramienta adecuada, esa única fuerza tecnológica capaz de aportar las soluciones reales que la Presidenta —y el país entero— necesitan para despertar de este letargo centenario.
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